Deshielo del permafrost: El riesgo climático que nadie ve venir
Mientras el mundo debate sobre
paneles solares y coches eléctricos, bajo la tierra congelada del Ártico está
ocurriendo algo que podría hacer que todos esos esfuerzos parezcan
insuficientes. El permafrost, esa capa de suelo permanentemente congelado que cubre
una quinta parte de la superficie terrestre del hemisferio norte, se está
derritiendo. Y con él, se está liberando algo que llevaba encerrado miles de
años.
No es petróleo ni minerales
preciosos. Es carbono. Muchísimo carbono. Tanto, que la cantidad almacenada en
el permafrost duplica todo el carbono presente actualmente en la atmósfera
terrestre. Y está empezando a salir.
Este no es uno de esos problemas
climáticos para 2100 que podemos dejar a las generaciones futuras. Está pasando
ahora, y se está acelerando de formas que los modelos climáticos apenas
empiezan a capturar. Peor aún, cada gramo de carbono liberado calienta más el
planeta, derritiendo más permafrost, liberando más carbono. Un círculo vicioso
que, según algunos científicos, podría ya estar fuera de nuestro control.
¿Qué es exactamente el
permafrost y por qué debería importarnos?
Permafrost significa literalmente
"suelo permanentemente congelado". Es cualquier terreno que permanece
a temperatura de cero grados Celsius o menos durante al menos dos años
consecutivos. En realidad, las áreas más extensas del Ártico llevan congeladas
desde hace miles de años, algunas desde la última edad de hielo.
No estamos hablando de una simple
capa de hielo en la superficie. El permafrost puede extenderse desde unos pocos
metros hasta más de un kilómetro de profundidad. En Siberia, hay zonas donde el
suelo ha estado congelado durante 700,000 años.
Durante todo ese tiempo, plantas
y animales han vivido, muerto y quedado atrapados en este congelador natural. A
diferencia de lo que ocurre en climas más cálidos, donde la materia orgánica se
descompone rápidamente, en el permafrost esa descomposición se detuvo. Quedó en
pausa, preservando carbono que de otra forma habría regresado a la atmósfera
hace milenios.
Imagina un enorme frigorífico
lleno de comida orgánica que lleva congelada miles de años. Ahora imagina que
alguien desconecta ese frigorífico. La comida empieza a descomponerse, y ese
proceso de descomposición libera gases. Eso es, básicamente, lo que está
pasando con el permafrost.
El problema es la escala. Según
datos del Programa Ambiental de las Naciones Unidas, el permafrost almacena
aproximadamente 1.5 billones de toneladas de carbono. Para ponerlo en
perspectiva, eso es casi el doble de todo el carbono presente en la atmósfera
terrestre, y más de tres veces todo el carbono contenido en los bosques del
planeta.
Las mediciones de 2025: Peor
de lo esperado
Los datos que están llegando
desde el Ártico en 2025 no son alentadores. Estaciones de monitoreo en Siberia,
Alaska, Canadá y Groenlandia están registrando aumentos dramáticos en las
emisiones de metano, el gas de efecto invernadero que es 25 veces más potente
que el dióxido de carbono en términos de potencial de calentamiento a 100 años.
En enero de 2025, investigadores
del Instituto de Investigación del Permafrost de Yakutsk, en Siberia,
reportaron lecturas de metano atmosférico que triplicaban los niveles normales
en ciertas áreas. No eran picos aislados o anomalías temporales. Eran lecturas
sostenidas que se mantenían semana tras semana.
Nikita Zimov, director de la
Estación Científica del Noreste en Siberia, describió la situación sin rodeos
en una conferencia en marzo: "Estamos viendo cambios que esperábamos para
2050 o 2060. El cronograma se ha comprimido dramáticamente".
En Alaska, la situación no es
mejor. El Observatorio de Barrow, que ha monitoreado gases atmosféricos durante
décadas, registró en abril de 2025 las concentraciones de metano más altas
jamás medidas en esa ubicación. Y lo más preocupante: la tasa de aumento se
está acelerando.
Katey Walter Anthony, de la
Universidad de Alaska Fairbanks, lleva años estudiando las emisiones de metano
desde lagos árticos. Su trabajo se ha vuelto casi macabro. En invierno, cuando
los lagos se congelan, puede literalmente ver burbujas de metano atrapadas en
el hielo. Hace una década, encontraba estas burbujas ocasionalmente. Ahora son
omnipresentes. "Es como si toda la región se hubiera convertido en una
botella de champán que alguien está agitando", dice.
Pero hay algo aún más inquietante
que las cifras actuales: la velocidad de cambio. Los modelos climáticos
tradicionales predecían un deshielo gradual del permafrost a lo largo de
décadas. Lo que estamos viendo es más abrupto. En algunas regiones de Siberia,
el permafrost está colapsando literalmente, creando cráteres masivos en
cuestión de días o semanas.
Los cráteres siberianos:
Cuando el suelo explota
En 2014, pastores de renos en la
península de Yamal, en Siberia, reportaron algo extraordinario: habían
aparecido cráteres gigantescos de la noche a la mañana. No eran sumideros
graduales. Eran explosiones que dejaban agujeros de hasta 50 metros de ancho y
100 metros de profundidad.
Desde entonces, se han
identificado más de veinte de estos cráteres en Siberia. Y su frecuencia está
aumentando. Solo en 2024 se detectaron cinco nuevos. Los científicos creen que
hay muchos más sin documentar en las vastas extensiones remotas del Ártico
siberiano.
¿Qué los causa? El proceso es
casi violento. A medida que el permafrost se derrite, libera metano que ha
estado atrapado bajo presión durante milenios. Este gas se acumula en bolsas
subterráneas. Cuando la presión es suficiente, el suelo literalmente explota
hacia afuera, lanzando tierra y hielo a cientos de metros de distancia.
En febrero de 2025, una
expedición científica rusa documentó uno de estos eventos en tiempo real. Las
cámaras sísmicas detectaron la explosión; el equipo llegó al sitio menos de 48
horas después. El cráter recién formado tenía 40 metros de diámetro. Las mediciones
de metano en el área eran peligrosamente altas; el equipo tuvo que usar equipo
de protección.
"No es solo una liberación
gradual de gases", explicó Igor Semiletov, investigador del Instituto de
Oceanología de Moscú. "Estamos viendo eventos de liberación masiva y
súbita. Una sola de estas explosiones puede liberar metano equivalente a lo que
una pequeña ciudad produce en un año".
Estos cráteres no son solo
curiosidades geológicas. Son síntomas de un sistema que está desestabilizándose
rápidamente. Y lo que es visible en la superficie es solo una fracción del
problema.
El bucle de retroalimentación
que podría condenarnos
Aquí es donde la historia se
vuelve realmente preocupante. El deshielo del permafrost no es un problema
climático aislado que podemos abordar independientemente. Es parte de un
sistema de retroalimentación que se autoalimenta.
Funciona así: el calentamiento
global derrite el permafrost. El permafrost derretido libera carbono y metano.
Ese carbono y metano aumentan el calentamiento global. Ese mayor calentamiento
derrite más permafrost. Y así sucesivamente.
Los científicos llaman a esto un
"feedback loop" o bucle de retroalimentación positiva. Positiva no en
el sentido de buena, sino en el sentido matemático: cada ciclo amplifica el
anterior. Es lo opuesto a un sistema autorregulado que busca equilibrio.
Ted Schuur, de la Universidad del
Norte de Arizona, coordina el Permafrost Carbon Network, una red internacional
de científicos que estudia este fenómeno. Su trabajo de modelado sugiere que
para 2100, el deshielo del permafrost podría liberar entre 100 y 200
gigatoneladas de carbono. Para contexto, la humanidad emite actualmente
alrededor de 10 gigatoneladas de carbono al año.
"En el mejor
escenario", dice Schuur, "el permafrost agrega entre un 10 y un 20
por ciento al calentamiento provocado por emisiones humanas. En el peor
escenario, podría ser del 50 por ciento o más. No estamos seguros porque el
sistema está mostrando comportamientos no lineales que no anticipábamos".
Esa última parte es crucial. Los
sistemas lineales son predecibles: si aumentas X, Y aumenta proporcionalmente.
Los sistemas no lineales tienen puntos de inflexión, umbrales donde pequeños
cambios adicionales provocan saltos dramáticos. Y hay evidencia creciente de
que el permafrost se comporta de manera no lineal.
Merritt Turetsky, de la
Universidad de Colorado Boulder, lo compara con una avalancha: "Puedes
agregar nieve gradualmente a una pendiente, y nada pasa, nada pasa, nada
pasa... hasta que de repente todo colapsa de golpe. El permafrost podría
comportarse de manera similar. No es un deslizamiento gradual hacia un nuevo
equilibrio, sino cambios abruptos y potencialmente irreversibles".
El metano submarino: El
gigante dormido bajo el Ártico
Si el permafrost terrestre es
preocupante, el permafrost submarino es aterrador. Bajo las plataformas
continentales del océano Ártico, especialmente en el Mar de Siberia Oriental,
hay vastas extensiones de permafrost sumergido. Se formó cuando estas áreas
eran tierra seca durante la última edad de hielo, antes de que el nivel del mar
subiera.
Este permafrost submarino
contiene depósitos masivos de hidratos de metano: metano atrapado en
estructuras cristalinas de hielo. Cuando el agua se calienta, estos hidratos se
vuelven inestables y liberan el metano.
Las expediciones oceanográficas
en el Ártico están detectando columnas de metano burbujeando desde el fondo
marino con frecuencia creciente. En agosto de 2024, una expedición sueca
documentó más de 1,000 sitios de liberación de metano en una sola área del Mar
de Siberia Oriental.
Natalia Shakhova, de la
Universidad de Alaska Fairbanks, ha pasado décadas estudiando estos depósitos.
Su trabajo sugiere que hay alrededor de 50 gigatoneladas de metano en forma de
hidrato bajo estas aguas poco profundas. "Si incluso una fracción de esto
se libera rápidamente", advierte, "podríamos ver aumentos abruptos de
temperatura que harían que el cambio climático actual parezca gradual".
El problema con el metano
submarino es que es particularmente vulnerable al calentamiento. El Ártico se
está calentando tres veces más rápido que el resto del planeta, y esto incluye
las aguas oceánicas. Las corrientes llevan agua cada vez más cálida hacia el
norte, desestabilizando estos depósitos desde abajo.
Algunos científicos han planteado
escenarios donde una liberación masiva súbita de metano submarino podría
provocar un "evento de extinción de metano" similar a lo que algunos
teorizan que ocurrió hace 55 millones de años en el Paleoceno-Eoceno Thermal
Maximum, cuando la temperatura global aumentó entre 5 y 8 grados Celsius en
pocos miles de años.
Estos son escenarios extremos y
debatidos. Pero el solo hecho de que estén sobre la mesa de discusión
científica seria indica la gravedad del problema.
¿Qué están haciendo los
científicos?
Frente a esta situación, la
comunidad científica está intensificando los esfuerzos de monitoreo y buscando
posibles intervenciones. El problema es que el permafrost es vasto, remoto y
difícil de estudiar.
El Programa de Monitoreo del
Permafrost, coordinado por la Asociación Internacional del Permafrost, ha
expandido su red de sensores. Miles de dispositivos de temperatura están
enterrados a diferentes profundidades en todo el Ártico, transmitiendo datos constantemente
vía satélite.
También hay esfuerzos más
innovadores. La NASA lanzó en 2023 la misión Arctic-Boreal Vulnerability
Experiment (ABoVE), usando aviones equipados con sensores avanzados para mapear
cambios en ecosistemas árticos. Estos sensores pueden detectar emisiones de
metano, cambios en vegetación, colapso del terreno y movimientos del suelo con
precisión sin precedentes.
El Instituto Max Planck en
Alemania está desarrollando sistemas de inteligencia artificial para analizar
imágenes satelitales y predecir qué áreas de permafrost son más vulnerables al
colapso rápido. El objetivo es crear mapas de riesgo que permitan priorizar
estudios de campo.
Pero monitorear es solo el primer
paso. ¿Se puede hacer algo para detener el deshielo?
Sergey Zimov, el padre de Nikita
Zimov mencionado anteriormente, tiene una propuesta radical: el Parque del
Pleistoceno. La idea es reintroducir grandes manadas de herbívoros (bisontes,
caballos, renos, bueyes almizcleros) en la tundra siberiana. Estos animales
pisotearían la nieve en invierno, compactándola y haciendo que el suelo se
enfríe más. En verano, su pastoreo mantendría la vegetación baja, lo que
también ayudaría a mantener el suelo más frío al reflejar más luz solar.
Suena a ciencia ficción, pero hay
datos que lo respaldan. En las áreas del Parque del Pleistoceno donde ya se han
reintroducido animales, las temperaturas del suelo son varios grados más frías
que en áreas control. Es una diferencia pequeña, pero podría ser suficiente
para mantener el permafrost congelado.
Por supuesto, esta estrategia
solo podría aplicarse en áreas específicas. No hay forma de reintroducir
suficientes animales para proteger millones de kilómetros cuadrados de
permafrost.
Otros científicos están
explorando técnicas de geoingeniería más directas. Un equipo de la Universidad
de Alaska está experimentando con "cortinas térmicas": barreras
instaladas en el suelo que reflejan el calor hacia arriba durante el verano,
pero permiten que el frío penetre en invierno. En pruebas a pequeña escala, han
logrado mantener el permafrost congelado incluso cuando el aire ambiente está
varios grados por encima de cero.
Pero todas estas son soluciones
locales y experimentales. No hay nada que se acerque a una estrategia global
para estabilizar el permafrost en todo el Ártico.
Lo que significa para el resto
del mundo
Es fácil pensar que el deshielo
del permafrost es un problema de regiones remotas que no nos afecta
directamente. Nada más lejos de la realidad.
Primero, las emisiones
adicionales de gases de efecto invernadero del permafrost harán mucho más
difícil cumplir los objetivos climáticos internacionales. El Acuerdo de París
busca limitar el calentamiento a 1.5 o 2 grados Celsius. Pero estos objetivos se
calcularon asumiendo un cierto nivel de emisiones de permafrost basado en
modelos que ahora parecen subestimar el problema.
Si el permafrost libera tanto
carbono como sugieren las proyecciones más pesimistas, alcanzar esos objetivos
se vuelve prácticamente imposible sin reducciones de emisiones humanas mucho
más agresivas de las planeadas. Estaríamos corriendo cada vez más rápido solo
para quedarnos en el mismo lugar.
Segundo, el deshielo del
permafrost tiene consecuencias económicas directas. Las infraestructuras en
regiones de permafrost (carreteras, edificios, oleoductos, aeropuertos) están
construidas sobre suelo que se asume permanecerá estable. Cuando ese suelo se
derrite, estas estructuras colapsan.
En Rusia, donde gran parte de la
infraestructura petrolera y gasística está en zonas de permafrost, las
compañías energéticas están gastando miles de millones en reparaciones y
refuerzos. En 2020, un tanque de almacenamiento de combustible cerca de Norilsk
colapsó cuando el permafrost debajo cedió, derramando 20,000 toneladas de
diésel en los ríos árticos. El costo de limpieza superó los 2,000 millones de
dólares.
En Alaska, comunidades enteras
están considerando reubicarse porque el terreno bajo sus pies ya no es estable.
El pueblo de Kivalina, con 400 habitantes, está literalmente cayéndose al mar a
medida que el permafrost de la costa se derrite. El costo estimado de reubicar
la comunidad supera los 100 millones de dólares.
Tercero, hay riesgos biológicos.
El permafrost no solo contiene carbono; también contiene microorganismos que
han estado congelados durante milenios. En 2016, un brote de ántrax en Siberia
mató a miles de renos y enfermó a docenas de personas. La bacteria provenía de
una carcasa de reno infectada que había estado congelada en permafrost durante
décadas, hasta que el calor la expuso.
Hay virus y bacterias en el
permafrost que los humanos modernos nunca han enfrentado. No sabemos qué tan
peligrosos podrían ser si se liberan. Algunos científicos han encontrado virus
gigantes de más de 30,000 años de antigüedad en muestras de permafrost que, en
laboratorio, siguen siendo viables y pueden infectar amebas. Si bien no hay
evidencia de que estos virus antiguos puedan infectar humanos, el mero hecho de
que puedan revivir después de tanto tiempo es inquietante.
¿Hemos pasado el punto de no
retorno?
Esta es la pregunta que nadie
quiere hacer, pero que está en la mente de muchos científicos que estudian el
permafrost: ¿Ya es demasiado tarde para detener esto?
La respuesta honesta es que nadie
lo sabe con certeza. Los sistemas climáticos tienen puntos de inflexión,
umbrales más allá de los cuales ciertos cambios se vuelven irreversibles en
escalas de tiempo humanas. Algunos científicos temen que el permafrost ya haya
cruzado uno de estos umbrales.
Charles Koven, del Laboratorio
Nacional Lawrence Berkeley, que desarrolla modelos del ciclo de carbono del
permafrost, es cautelosamente pesimista: "Lo que puedo decir es que cada
año que pasa sin acciones significativas para reducir el calentamiento global,
la ventana para evitar las peores consecuencias se cierra un poco más. No hay
un punto de no retorno único y claro, pero hay un rango de estados donde la
reversión se vuelve prácticamente imposible".
La buena noticia, si es que puede
llamarse así, es que las proyecciones más catastróficas (una liberación súbita
y masiva de metano que desencadena un calentamiento desbocado en décadas)
siguen siendo escenarios de baja probabilidad según la mayoría de los modelos.
La mala noticia es que incluso los escenarios más probables son bastante
graves.
Lo que sí sabemos es esto: cada
décima de grado de calentamiento global que evitemos reduce la cantidad de
permafrost que se derretirá. No hay un punto donde nuestras acciones dejen de
importar. Reducir las emisiones ahora limitará el daño, incluso si no puede
evitarlo por completo.
Vivir con la incertidumbre del
permafrost
Al final, el deshielo del
permafrost representa uno de los aspectos más frustrantes del cambio climático:
la incertidumbre radical sobre cuán mal podría ponerse la situación.
No estamos en un escenario de
ciencia ficción donde el mundo terminará el próximo año. Pero tampoco estamos
en una situación donde podemos simplemente continuar como siempre y esperar que
todo salga bien. Estamos en algún punto intermedio, donde las decisiones que
tomemos en los próximos años determinarán si enfrentamos un problema serio pero
manejable, o una crisis existencial.
El permafrost ha comenzado a
despertar de su sueño milenario. Cada medición, cada nuevo cráter en Siberia,
cada burbuja de metano detectada bajo el hielo ártico es un recordatorio de que
estamos jugando con fuerzas que escapan a nuestro control completo.
La pregunta ya no es si el
permafrost se derretirá. Se está derritiendo. La pregunta es qué tan rápido,
qué tanto, y si haremos lo suficiente para frenar el proceso antes de que
desencadene cambios que ninguna tecnología futura pueda revertir.
Mientras tanto, bajo la tundra
congelada, el reloj sigue avanzando. Y cada segundo, un poco más de ese antiguo
carbono encuentra su camino de regreso a la atmósfera.
Francisco Barcala.
Actor. Director. Escritor. Acting Coach.
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