Performance art extremo: Cuando el arte pone en riesgo la vida del artista
En 1974, Marina Abramović entró a una galería en Nápoles y colocó 72 objetos sobre una mesa. Entre ellos: una rosa, miel, un látigo, tijeras, un cuchillo, una pistola cargada y una sola bala. Luego puso un cartel: "Hay 72 objetos sobre la mesa que se pueden usar sobre mí como se desee. Yo soy el objeto. Durante este periodo asumo toda la responsabilidad". Se quedó completamente inmóvil durante seis horas.
Al principio, el público fue
tímido. Alguien le dio la rosa. Otro le quitó la chaqueta. Pero gradualmente,
la cosa se oscureció. Le cortaron la ropa con tijeras. Le hicieron cortes en el
cuello con el cuchillo para beber su sangre. Alguien cargó la pistola y se la
puso en la cabeza. Otra persona se la quitó. Cuando las seis horas terminaron y
Abramović se movió, rompiendo el hechizo de ser "objeto", muchos en
el público salieron corriendo, incapaces de enfrentar lo que habían hecho o
presenciado.
Bienvenidos al mundo del
performance art extremo, donde el lienzo es el cuerpo del artista y el precio
puede ser sangre real, trauma psicológico, o incluso la muerte.
El cuerpo como campo de
batalla
El performance art surgió en los
años 60 como reacción contra el mercado del arte. Mientras las pinturas podían
comprarse y venderse, una performance era efímera, existía solo en el momento.
No podía colgarse en la pared de un coleccionista millonario. Era anticomercial
por naturaleza.
Pero algunos artistas fueron más
allá. No les bastaba con crear experiencias temporales. Querían romper la
barrera entre el arte y la vida, entre la representación y la realidad. Y la
forma más directa de hacerlo era usar sus propios cuerpos, someterlos a pruebas
reales, generar dolor genuino.
Chris Burden es probablemente el
caso más famoso. En 1971, para su pieza "Shoot", le pidió a un amigo
que le disparara en el brazo con un rifle calibre .22 desde una distancia de
unos cinco metros. La idea era que la bala rozara su brazo, pero el tirador
falló y le dio directamente, atravesando el músculo. La pieza duró menos de
diez segundos, pero se filmó y se convirtió en una de las obras de performance
más infames de la historia.
¿Por qué hacerlo? Burden creció
viendo imágenes de la Guerra de Vietnam en televisión todas las noches. Veía
soldados recibiendo disparos, pero todo parecía irreal, mediado por la
pantalla. Quería que la violencia fuera real, inmediata, imposible de ignorar.
Que la gente enfrentara lo que significa realmente que alguien te dispare, sin
el filtro reconfortante de saber que es ficción.
Stelarc y el cuerpo obsoleto
Si Burden usó su cuerpo para
explorar la violencia, el artista australiano Stelarc lo usó para cuestionar
los límites mismos de lo humano. Durante décadas, ha sometido su cuerpo a
experimentos que parecen sacados de una película de ciencia ficción distópica.
Una de sus obras más conocidas
son las "suspensiones corporales". Stelarc se colgaba del techo
usando ganchos de acero insertados directamente en su piel. No cuerdas atadas a
un arnés, sino ganchos perforando su carne, sosteniendo todo el peso de su
cuerpo. Lo hizo más de 25 veces en diferentes países entre 1976 y 1988.
La primera vez fue en una galería
en Japón. Los ganchos atravesaban su espalda, pecho, brazos y piernas. Lo
izaron lentamente mientras las cámaras capturaban cada momento. La piel se
estiraba de formas grotescas antes de que finalmente su cuerpo quedara suspendido
en el aire. Stelarc permanecía allí durante varios minutos, a veces media hora,
mientras su piel sangraba y su cuerpo temblaba por el estrés.
Pero para Stelarc, esto no era
masoquismo gratuito. Era una declaración filosófica. Argumentaba que el cuerpo
humano es obsoleto, que necesitamos modificarlo, mejorarlo, trascenderlo. Las
suspensiones eran una forma de demostrar los límites del cuerpo, pero también
su resistencia, su capacidad de adaptación.
Más tarde fue más lejos. Se
implantó una tercera oreja en el antebrazo, una estructura de cartílago
cultivado en laboratorio insertada quirúrgicamente bajo su piel. La idea era
eventualmente poner un micrófono en ella para que la gente pudiera escuchar lo
que la oreja "escuchaba" a través de internet. El cuerpo como
plataforma tecnológica.
Marina Abramović: La abuela
del performance extremo
Volvamos a Abramović, porque su
carrera es un catálogo de autocastigo artístico. "Rhythm 0", la pieza
de Nápoles con los 72 objetos, fue solo una de muchas.
En "Rhythm 10" (1973),
colocó 20 cuchillos en el suelo y grabó el performance. Jugaba el juego de las
cuchilladas rápidas entre los dedos, cada vez más rápido hasta cortarse. Cuando
se cortaba, tomaba un nuevo cuchillo y comenzaba de nuevo. Luego reprodujo la
grabación y trató de repetir exactamente los mismos movimientos, incluyendo
cortarse en los mismos momentos.
En "Rhythm 5" (1974),
construyó una estrella de madera de cinco puntas, la empapó en gasolina, le
prendió fuego y se acostó dentro de ella. La idea era permanecer allí hasta que
el oxígeno se agotara y perdiera el conocimiento. Funcionó demasiado bien. Se
desmayó y el público, viendo que no se movía mientras las llamas la rodeaban,
tuvo que sacarla. Abramović despertó en el hospital, decepcionada de que
hubieran interrumpido la pieza.
Pero quizás su obra más brutal
fue "Lips of Thomas" (1975). Durante dos horas, se comió un kilo de
miel con una cuchara de plata, bebió un litro de vino tinto, rompió el vaso con
su mano, se talló una estrella de cinco puntas en el abdomen con una cuchilla
de afeitar, se azotó hasta que ya no sintió dolor, y luego se acostó desnuda
sobre una cruz de hielo con un calentador de aire dirigido hacia ella desde
arriba. La idea era permanecer allí durante cuatro horas, pero después de dos,
el público intervino y la sacó del hielo.
Hay algo inquietante en esto.
Abramović siempre planificaba sus performances para ir más allá de lo que el
público podía soportar, forzándolos a tomar una decisión: ¿se quedan y miran,
convirtiéndose en cómplices del sufrimiento? ¿O intervienen, rompiendo las
reglas del arte que dice que no debes tocar la obra?
Cuando las cosas salen
terriblemente mal
No todos los artistas sobreviven
sus performances. El caso de Mike Parr, artista australiano, muestra los
riesgos reales. En una pieza de 1971, se clavó el brazo a la pared con un
clavo. En otra, se cosió los labios. En 2002, se encerró en una caja de metal
bajo tierra durante tres días en Hobart, respirando a través de un tubo. La
idea era explorar el terror claustrofóbico, pero las cosas casi terminan en
tragedia cuando el tubo de aire se obstruyó parcialmente.
Bob Flanagan, artista
estadounidense que vivía con fibrosis quística, usó el BDSM y performances
extremos como forma de lidiar con el dolor crónico de su enfermedad. Se clavaba
objetos en el cuerpo, se suspendía con ganchos, realizaba actos que hacían que
la gente se desmayara en las galerías. Decía que era mejor elegir su propio
dolor que ser víctima pasiva del dolor que la enfermedad le imponía. Murió en
1996 a los 43 años, habiendo vivido décadas más de lo que los doctores
predijeron, pero agotado por el sufrimiento constante.
El caso de Régine Cuzin es más
oscuro. En 2002, esta artista francesa realizó una performance donde pasaba
electroshocks a través de su cuerpo mientras recitaba textos. Durante una
presentación en Bélgica, algo salió mal. Los voltajes eran más altos de lo
planeado. Sufrió convulsiones severas y tuvo que ser hospitalizada. La línea
entre el arte y el accidente es delgada.
Y luego está el caso de la
bailarina y performer japonesa Mitsu Tanaka, quien murió en 2000 durante una
performance que involucraba fuego. No está claro si fue un accidente o si el
riesgo era parte integral de la pieza, pero el resultado fue el mismo.
El público como participante
involuntario
Lo perturbador del performance
extremo no es solo lo que le pasa al artista. Es lo que revela sobre nosotros,
el público. "Rhythm 0" de Abramović es el ejemplo perfecto. Durante
las primeras horas, la gente fue amable. Pero gradualmente, protegidos por el
permiso implícito que la artista había dado, algunos se volvieron sádicos.
Un testigo describió cómo un
hombre cortó su ropa metódicamente, pieza por pieza. Otro le hizo cortes
superficiales con el cuchillo. Alguien le apuntó con la pistola cargada a la
cabeza y mantuvo el dedo en el gatillo hasta que otra persona intervino. No fue
hasta que Abramović se movió, cuando el reloj marcó las seis horas, que la
gente pareció despertar de un trance. Muchos no pudieron mirarla a los ojos y
salieron corriendo de la galería.
¿Qué dice esto sobre la
naturaleza humana? Abramović concluyó algo aterrador: "Lo que aprendí fue que,
si les das toda la libertad al público, te matan". La presencia de un
"objeto" disponible, la ausencia de consecuencias percibidas, fue
suficiente para que personas normales se comportaran de formas crueles.
Esto conecta con experimentos
psicológicos famosos como el de Milgram, donde personas comunes administraban
lo que creían eran electroshocks dolorosos a extraños simplemente porque una
autoridad se los pedía. O el experimento de la prisión de Stanford, donde
estudiantes universitarios se convirtieron en guardias sádicos en cuestión de
días. El performance art extremo, sin proponérselo, se convirtió en un
experimento social sobre los límites de la empatía y la moralidad.
La estética del sufrimiento
Hay algo profundamente incómodo
en que el sufrimiento extremo pueda ser considerado arte. Los artistas
argumentan que están explorando temas importantes: los límites del cuerpo, la
relación entre dolor y control, la violencia estructural de la sociedad. Pero
los críticos se preguntan: ¿en qué momento el arte deja de ser reflexión y se
convierte en simple espectáculo? ¿En una explotación del trauma presentada como
entretenimiento?
El artista británico Franko B
realizó performances donde se cortaba y dejaba que su sangre goteara sobre
lienzos blancos mientras caminaba desnudo frente al público. En "I Miss
You" (1999-2003), se insertaba catéteres intravenosos en ambos brazos y
caminaba por una pasarela blanca mientras su sangre fluía, creando un rastro
rojo. Algunos espectadores se desmayaban. Otros lloraban. Franko B, que es VIH
positivo, decía que era sobre la fragilidad del cuerpo, sobre la vida
literalmente drenándose.
¿Es válido? ¿Es arte? ¿O es
simplemente autodestrucción exhibicionista?
Ron Athey, otro artista que vivía
con VIH, realizaba performances igualmente extremas. En "Self-Obliteration
#1" (1994), se insertaba agujas de acupuntura por toda la cara y la cabeza
en patrones decorativos. La sangre corría por su rostro mientras él permanecía
en trance meditativo. La imagen era simultáneamente hermosa y horrorosa, como
un santo medieval siendo martirizado, pero voluntariamente, ritualmente.
Athey explicaba que crecer gay en
el sur de Estados Unidos, en una familia pentecostal que creía que ser
homosexual era pecado, lo hizo íntimamente familiar con el dolor, tanto físico
como psicológico. Sus performances eran exorcismos, formas de reclamar su
cuerpo de las fuerzas que lo habían condenado.
Las autoridades intervienen
No sorprende que este tipo de
arte genere conflicto con las autoridades. En 1994, Athey realizó una
performance en Minneapolis donde se hacía cortes superficiales en la espalda de
otro performer, presionaba toallas de papel contra las heridas y las colgaba
sobre el público. Un crítico de arte reportó falsamente que Athey había goteado
sangre VIH positiva sobre la audiencia, desatando pánico moral y debates en el
Congreso estadounidense sobre financiamiento para las artes.
Chris Burden fue arrestado
después de "Shoot". La policía argumentó que había asistido en un
asalto con arma mortal. Los cargos eventualmente se desestimaron, pero
establecieron un precedente complicado: ¿puede el arte ser legalmente
considerado un crimen si involucra daño real?
En 2008, el artista español Abel
Azcona realizó una performance donde invitaba a sacerdotes católicos a
confesarse con él, invirtiendo los roles tradicionales. Las autoridades
religiosas intentaron detener la exhibición, argumentando que era ofensiva. Azcona
también es conocido por performances donde ha sido golpeado, ha comido vómito y
se ha sometido a otras pruebas extremas, todo documentado y exhibido en
galerías.
En China, donde el performance
art extremo floreció brevemente en los años 90, el gobierno ha reprimido
duramente. Artistas como He Yunchang, quien se colgó de un helicóptero sobre el
río Yangtze en 2002, o Zhu Yu, quien supuestamente comió un feto humano en una
performance (aunque muchos dudan de su autenticidad), enfrentaron censura y en
algunos casos arresto.
El problema legal fundamental es
este: si un adulto consiente en hacerse daño como expresión artística, ¿tiene
el estado derecho a intervenir? Y si el estado puede detener el arte extremo,
¿dónde trazamos la línea? ¿Los boxeadores y luchadores de MMA también deberían
ser arrestados por consentir violencia?
La trampa de la escalada
Hay un problema práctico con el
performance extremo: la escalada. Si te disparas en el brazo, ¿qué haces para
tu siguiente pieza? Si te suspendes con ganchos una vez, la segunda vez ya no
es tan impactante. Los artistas quedan atrapados en una espiral de necesitar ir
más lejos cada vez para mantener la atención.
Chris Burden lo entendió. Después
de "Shoot" y otras piezas extremas de los años 70, cambió de
dirección. Sus trabajos posteriores involucraban escultura e instalación, no su
cuerpo. En una entrevista, admitió que había llegado a un punto donde continuar
ese camino probablemente lo mataría.
Otros artistas no tuvieron esa
claridad. Bob Flanagan continuó hasta que su cuerpo simplemente cedió. El
performance art extremo puede convertirse en adicción, la única forma en que el
artista siente validación o siente algo en absoluto.
También está la cuestión de la
autenticidad. Cuando Burden se hizo disparar, fue genuinamente impactante
porque nadie había hecho algo así antes en el contexto del arte. Pero cincuenta
años después, con artistas constantemente tratando de superar lo que vino
antes, ¿se ha convertido en una fórmula? ¿Shock por el shock mismo?
¿Qué están buscando realmente?
Entonces, ¿qué impulsa a alguien
a cortarse, quemarse, colgarse con ganchos o dejarse disparar en nombre del
arte? Las respuestas varían según el artista, pero surgen algunos temas
comunes.
Control. Muchos de estos artistas
han experimentado trauma, abuso o enfermedad. El performance extremo les
permite tomar control de su sufrimiento. En lugar de ser víctimas pasivas del
dolor que la vida les impone, eligen su propio dolor, en sus propios términos.
Bob Flanagan lo dijo explícitamente: "¿Por qué? Porque duele".
Trascendencia. Hay una larga
tradición de usar el dolor corporal para alcanzar estados alterados de
conciencia. Los místicos se flagelaban, los yoguis se sometían a austeridades
extremas, los chamanes usaban técnicas dolorosas para inducir visiones. Algunos
performers extremos buscan algo similar: romper los límites del ego a través
del sufrimiento físico.
Comunicación. Vivimos en una
cultura saturada de imágenes. Estamos entumecidos, desensibilizados. ¿Cómo
capturas la atención de alguien? ¿Cómo comunicas algo verdaderamente importante
cuando todo es ruido? El dolor real, el sangre real, la vulnerabilidad real
corta a través del ruido. No puedes ignorarlo de la misma forma que ignoras una
foto más en Instagram.
Resistencia política. Muchos
artistas extremos vienen de comunidades marginadas: queer, mujeres, personas de
color, personas con enfermedades. Sus cuerpos ya han sido marcados como
"otros", como problemáticos, como objetos de control social. El
performance extremo es una forma de reclamar esos cuerpos, de decir "este
es MI cuerpo y yo decido qué hacer con él".
Los límites éticos del arte
Pero incluso aceptando todas
estas justificaciones, quedan preguntas éticas profundas. ¿Es ético exhibir
trauma real como entretenimiento? Porque seamos honestos, hay un elemento de
espectáculo. La gente compra boletos, se sienta en galerías, mira. Algunos
vienen genuinamente buscando iluminación artística. Otros vienen por curiosidad
mórbida.
¿Qué responsabilidad tiene el
público? Si estás en una galería y ves a alguien lastimándose, ¿debes
intervenir? Abramović dice que no, que hacerlo destruye la pieza. Pero
¿realmente tenemos la obligación moral de quedarnos sentados mientras alguien
sufre, incluso si nos dieron permiso para hacerlo?
Y qué pasa con el personal de la
galería, los organizadores, los documentalistas. ¿Son cómplices? ¿Están
facilitando autodestrucción o expresión artística legítima? En algunos casos,
han sido demandados. En otros, han sido traumatizados por lo que presenciaron.
Hay también una crítica feminista
interesante al performance extremo. Muchas artistas mujeres han usado sus
cuerpos de formas extremas, pero algunos críticos argumentan que esto solo
refuerza la idea de que los cuerpos de las mujeres existen para ser usados,
abusados, consumidos. Que performances como "Rhythm 0" de Abramović,
donde literalmente se ofreció como objeto, no desafían las estructuras patriarcales,
sino que las reinscriben.
Abramović rechaza esto,
argumentando que, al elegir activamente ser objeto en sus términos, expone la
violencia latente en cómo la sociedad ya trata los cuerpos de las mujeres. Pero
el debate continúa.
El performance extremo en la
era digital
Internet ha cambiado todo. Ahora
estos performances no existen solo en el momento, en un espacio específico con
un público limitado. Se filman, se suben, se viralizan. Millones pueden ver
"Shoot" de Burden en YouTube. Las fotos de Abramović sangrando están
en todas partes.
Esto tiene efectos
contradictorios. Por un lado, democratiza el acceso al arte. No necesitas estar
en una galería en Nueva York o Londres para experimentar estas obras. Por otro
lado, ¿es realmente la misma experiencia verlo en una pantalla? ¿No se pierde
precisamente lo que hacía estas piezas tan poderosas: la presencia física, el
riesgo compartido, la imposibilidad de mirar hacia otro lado?
También hay nuevas formas de
performance extremo que son específicamente digitales. Artistas que se someten
a cirugías estéticas extremas y documentan todo en redes sociales. Performers
que transmiten en vivo mientras se infligen dolor, con el chat decidiendo qué
hacer a continuación. Es una evolución perturbadora del trabajo de Abramović,
donde el público tenía cierto poder, pero mediado por la distancia digital y el
anonimato.
El artista colombiano Oscar Muñoz
ha explorado esto con performances donde su imagen se desvanece gradualmente en
agua mientras él intenta redibujarla, una metáfora sobre la identidad y la
memoria en la era digital. Aunque menos físicamente extremo que cortarse o
dispararse, el concepto de auto obliteración continúa.
¿Dónde está la línea?
Al final, tal vez la pregunta más
importante no es si el performance art extremo es válido, sino dónde trazamos
la línea. ¿Hay performances que simplemente no deberían permitirse, incluso con
el consentimiento del artista?
¿Qué tal si un artista quisiera
morir como parte de una pieza? No accidentalmente, sino intencionalmente.
¿Sería suicidio asistido? ¿Asesinato? ¿Arte? Suena hipotético, pero algunos
artistas se han acercado peligrosamente a ese territorio.
¿Y qué pasa con los performances
que involucran a otros? Burden nunca lastimó a nadie más (excepto
psicológicamente, quizás), pero ¿qué tal si la pieza requiriera que el público
participara activamente en causar dolor?
No hay respuestas fáciles. El
arte existe precisamente para explorar los límites, para hacernos incómodos,
para cuestionar nuestras certezas. El performance extremo lleva esto al límite,
literalmente. Pone en riesgo el cuerpo del artista para crear algo que no puede
ser ignorado, comprado, vendido o domesticado.
Es inquietante. Es problemático.
A veces es repugnante. Pero también es innegablemente poderoso. En un mundo
donde el sufrimiento es constante pero abstracto, mediado por pantallas y
estadísticas, el performance extremo nos fuerza a confrontar la realidad del
dolor humano. No podemos cambiar el canal. No podemos scrollear. Tenemos que
mirar, o elegir activamente no mirar, y ambas son decisiones que dicen algo
sobre nosotros.
Marina Abramović sigue haciendo
performances a sus 70 y tantos años, aunque menos extremos físicamente. Chris
Burden murió en 2015 de cáncer, no de sus piezas. Stelarc continúa modificando
su cuerpo. La tradición continúa, porque mientras existan cuerpos y mientras
exista dolor, habrá artistas dispuestos a explorar esa frontera donde el arte y
la vida, la representación y la realidad, el control y la pérdida de control se
encuentran.
No tienes que llamarlo arte. Pero
no puedes negar que significa algo.
Francisco Barcala.
Actor. Director. Escritor. Acting Coach.
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